Los Actores Del Vacío
Los Actores Del Vacío
Autor: Teódulo López Meléndez
Los actores del vacío
Teódulo López Meléndez
El nuevo “dirigente” se inclina ante los factores de poder. Ahora, aún en las situaciones de alto riesgo, no es un grupo de “dedicados dirigentes” el que traza una estrategia; es la compañía publicitaria la que diseña los slogans. Ya la sociedad venezolana no genera sus dirigentes por la sencilla razón de que ha dejado de orientarse a sí misma. Sólo es capaz de percibirse en los símbolos mediáticos. Las sociedades actuales, nos lo recuerda Peter Sloterdijk en “El desprecio de las masas”, son inertes, miran la televisión para, en su individualismo feroz, hacerse suma desde su condición de microanarquismos. La expresividad se le murió a la masa postmoderna y, en consecuencia, no puede generar dirigentes. Hay una plaga inconmensurable asegurando que lo que sucede es que no es la hora de los líderes sino de la masa. El concepto de “opinión pública” está cuestionado desde los inicios mismos del siglo XX, pero, hoy en día, bajo los efectos narcóticos, se puede muy bien asegurar que estas sociedades atrasadas sólo son capaces de generar gobiernos fascistoides que le den afecto. Vivimos, lo dice Sloterdik, “un individualismo de masas”, uno, agregamos nosotros, sembrado en el alma por la pantalla-ojo que sólo produce “suma” mediante el sistema de inyunción.
En las democracias se hacían dirigentes en los partidos, pero los partidos están moribundos. Resultan incompatibles con las nuevas leyes de lo massmediático e, incluso, con las reglas nacientes del nuevo siglo. El viejo axioma de “no hay democracia sin partidos” parece haber sido sustituido por otro que reza “no hay democracia sin canales de televisión”. O “no hay democracia sin el dueño de la chequera”.
Lo grave es que realmente marchamos hacia una democracia sin política. El presente está desquiciado. Si las democracias entran en trastornos de esta magnitud lo que se puede esperar es, como lo he dicho, un gobierno amoroso y fascista o el retorno de otros fantasmas del pasado. Si no hay política no hay funcionamiento social. He dicho en otras ocasiones que la necesidad es de más política, porque lo que produce cansancio es su ausencia, como en el caso venezolano presente, y no una supuesta y negada presencia excesiva. Lo excesivo es el vacío, una masa que no tiene quien la dirija y una dirección usurpadora.
Los acontecimientos pasan ahora a gran velocidad. Es lo que hemos denominado la instantaneidad suplantando a la noticia muerta. Es la velocidad la noticia. Paul Virilio, gran acuñador de términos, nos ha regalado éste otro, “dromología” o “economía política de la velocidad”, ciencia que se ocuparía de las consecuencias de la velocidad, porque es en función de ella que hoy se organizan las sociedades.
El ejercicio de la política es ahora, y también, instantáneo. Los “dirigentes” que medran aparecer en la pantalla no son más que actores de los canales de televisión, son personal contratado y subsidiario, esclavos balbuceantes del poder tecno-mediático. La democracia sin política pasa a ser un cascarón vacío.
No hay políticos, y mucho menos alguno que piense, que puedan salir a la palestra a discutir tal matrimonio. Serían silenciados por los “dirigentes” que conceden el oxígeno, que les permiten seguir participando en una vida pública altamente condicionada, que ceden el espacio y “elencan” los nombres de los entrevistables.
Todo está en revisión: el concepto de Parlamento, las elecciones, la representatividad, los partidos. De esas instituciones ya no emana poder o legitimidad para los “políticos”. Son nadie. No les queda más que hacerse actores de televisión. No los hay ya con talento, pero si alguno quedara, de igual manera pasaría a ser no más que un personaje massmediático. Un problema adicional aflora: mientras más mostrados por el poder tecno-mediático más incompetentes parecen y se hacen.
En Twitter: @teodulolopezm
/politica-articulos/los-actores-del-vacio-5389854.html
Sobre el Autor
Ensayista, novelista, poeta,traductor de poesía, abogado, diplomático. Autor de más de 30 libros
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El Legado De Miguel Hernández
Autor: Enrique Arias Vega
(Este artículo ha sido publicado en los diarios ÚLTIMA HORA, de Palma de Mallorca, LA VOZ DE ALMERÍA, DIARI DE TARRAGONA y otra docena de periódicos españoles)
Un efecto colateral de la crisis económica es la supresión de muchas subvenciones culturales perfectamente prescindibles.
Claro que los afectados pueden coger un rebote considerable. Es el caso de la nuera de Miguel Hernández, que se ha llevado los recuerdos del apasionado poeta oriolano a la caja fuerte de un banco. Todo, porque la alcaldesa de Elche ha dejado de pagarle 3 millones de euros.
Esta pelea pecuniaria supongo que le resultaría incomprensible al trágico autor de Nanas de la cebolla y otros de los versos más emotivos de nuestro reciente pasado.
Y es que el legado de los artistas es algo de lo que debe beneficiarse el público en general y no constituir el modus vivendi de familiares políticos que ni conocieron al poeta fallecido hace 70 años.
Uno, que ha estado en docenas de casas-museos de escritores, desde la de la Premio Nobel Grazia Deledda en Cerdeña hasta la de Miguel de Unamuno en Salamanca, no ha visto nunca este fúnebre tráfico mercantil. Es más, cuando un editor pretendió lucrarse con unas cartas de don Miguel, en seguida se armó la marimorena.
Bien distinta es la caridad disimulada con artistas económicamente venidos a menos, como le ocurrió al eximio Rafael Alberti, a quien se le compró más que generosamente su biblioteca, la cual pudo conservar hasta su muerte.
Lo otro, en cambio, no tiene pase.
Sin embargo, han sido demasiados años de financiar con dinero público exposiciones absurdas y libros mediocres, películas inéditas y montajes grotescos. Y así se ha creado el triste hábito de que gente sin mérito propio quiera beneficiarse del talento ajeno.
/cultura-articulos/el-legado-de-miguel-hernandez-5390281.html
Sobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\\\\\”Terzo Mondo\\\\\\\” y en el periódico \\\\\\\”Noticias del Mundo\\\\\\\” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\\\\\”El Periódico\\\\\\\” de Barcelona, \\\\\\\”El Adelanto\\\\\\\” de Salamanca, y la edición de \\\\\\\”ABC\\\\\\\” en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\\\\\”Álvaro Cunqueiro\\\\\\\” (2004), el de Novela Corta \\\\\\\”Ategua\\\\\\\” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\\\\\”Convivir\\\\\\\” (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\\\\\”España y otras impertinencias\\\\\\\” (2009), y otra de relatos cortos, \\\\\\\”Nada es lo que parece\\\\\\\” (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\\\\\”El ejecutivo\\\\\\\” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\\\\\”Ir contra corriente\\\\\\\” (2007), \\\\\\\”Valencia, entre el cielo y el infierno\\\\\\\” (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\\\\\”Personajes de toda la vida\\\\\\\” (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\\\\\”Red mundial de escritores en español\\\\\\\”
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Hiperpolitización
Hiperpolitización
Autor: Enrique Arias Vega
Mariano Rajoy acaba de ordenar a las Comunidades Autónomas del PP que recorten gastos y se aprieten el cinturón. ¿Es eso creíble?
Dada la manifiesta inutilidad de muchos entes y empresas públicas, su desaparición resultaría posible y hasta deseable, pero la función de dichos organismos nunca ha consistido en mejorar la gestión administrativa, sino en colocar a paniaguados del partido de turno, por un lado, y en disimular los elevados déficits de las consellerías respectivas, por otro. Por eso, los nuevos presidentes autonómicos lo tienen crudo.
¿O es que alguien se imagina que José Ramón Bauzá va a eliminar los enchufados por Francesc Antich en Baleares? ¿O que De Cospedal va a hacer lo propio con los de Barreda en Castilla-La Mancha? Simplemente, dejarán en un pasillo a aquéllos que hayan consolidado derechos y colocarán en su puesto a otros de su confianza política. Tal cual.
Incluso en Comunidades donde no se ha producido cambio de partido, como la nuestra, el número de funcionarios ha aumentado en 65.000 durante la última década. Pero es que un cambio en la cúspide del poder político, con la sustitución de Eduardo Zaplana por Francisco Camps, también ha provocado que los afines al segundo se superpongan a los del primero, incrementando así el gasto público.
Vivimos, pues, en un país donde la función pública se ha politizado hasta en los ujieres de los Juzgados. Eso no sólo sucede en los altos órganos del Estado —donde resulta evidente en las votaciones del Supremo, el TC, el Tribunal de Cuentas, etc., según cuál sea el color político de sus miembros—, sino hasta en los trabajadores de Canal Nou. Así se explica una plantilla de 1.100 empleados para una tarea que podrían realizar perfectamente 400.
En esto, todos los partidos son culpables. En España, desde la Restauración pactada por Cánovas y Sagasta en 1876, a cada cambio de Gobierno se muda de arriba abajo toda la Administración. En Gran Bretaña, en cambio, los civil servats permanecen hasta nivel de subsecretario sea cual fuere el Gobierno de turno. En Francia, los enarcas mantienen el aparato del Estado, y en Estados Unidos Barack Obama hasta heredó a Robert Gates, ministro de su enconado rival George Bush.
Aquí tal cosa resultaría imposible. Aquí sucede todo lo contrario: se crean instituciones solo para colocar a políticos cesantes, como la de nuestro Consell Jurídic Consultiu, el cual aspira a ser presidido, según confesión propia, por el socialista Joan Ignasi Pla.
Con tales precedentes, ¿quién es el guapo que en la Comunidad elimina los varios cientos de asesores prescindibles en consellerías, diputaciones y municipios? Más fácil será reducir los 782 vehículos oficiales existentes o controlar los más de 11.000 teléfonos móviles de la Administración. Pero, ¿las delegaciones del Consell, las oficinas del IVEX, los enchufados en el centenar y pico de empresas y fundaciones públicas…? Muy difícil.
A fecha de hoy, los diputados y senadores valencianos aún viajan todas las semanas en primera clase a Madrid, mientras que el británico David Cameron, en cambio, viene como turista en líneas low cost. Y si no fuese por UPyD, el partido de Rosa Díez, ni siquiera se habría cuestionado semejante dispendio.
Volveremos a hablar, por consiguiente, de cómo reducir el gigantesco déficit de nuestra Comunidad, la cual ya ha gastado durante el último trimestre la mitad de lo que le corresponde a todo este año. Pero mientras no se reforme la ley que regula la hiperpolitizada función pública, dicha pretensión parece más una quimera que una plausible realidad.
http://www.articuloz.com/politica-articulos/hiperpolitizacion-4862977.html
Sobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\\\\\”Terzo Mondo\\\\\\\” y en el periódico \\\\\\\”Noticias del Mundo\\\\\\\” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\\\\\”El Periódico\\\\\\\” de Barcelona, \\\\\\\”El Adelanto\\\\\\\” de Salamanca, y la edición de \\\\\\\”ABC\\\\\\\” en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\\\\\”Álvaro Cunqueiro\\\\\\\” (2004), el de Novela Corta \\\\\\\”Ategua\\\\\\\” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\\\\\”Convivir\\\\\\\” (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\\\\\”España y otras impertinencias\\\\\\\” (2009), y otra de relatos cortos, \\\\\\\”Nada es lo que parece\\\\\\\” (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\\\\\”El ejecutivo\\\\\\\” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\\\\\”Ir contra corriente\\\\\\\” (2007), \\\\\\\”Valencia, entre el cielo y el infierno\\\\\\\” (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\\\\\”Personajes de toda la vida\\\\\\\” (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\\\\\”Red mundial de escritores en español\\\\\\\”
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Lo Que Le Espera A La Comunidad Valenciana – España
Lo Que Le Espera A La Comunidad Valenciana
Autor: Enrique Arias Vega
Círculos próximos al presidente Francisco Camps creen que éste no ha acabado de entender los resultados electorales del pasado domingo: “Está totalmente convencido de que el suyo ha sido un éxito clamoroso, histórico, sin darse cuenta de que él, junto a Esperanza Aguirre, ha sido el único presidente autonómico del PP en perder votos en pleno auge nacional de su partido“.
O sea, que según ese análisis ha habido cierto castigo electoral al presidente de la Generalitat.
Un analista sin adscripción política se congratula de ello: “Ahora, aunque el PSPV-PSOE de Alarte haya entrado en la UVI, la mayor presencia de Esquerra Unida y Compromís en Las Corts va a dotar al Parlamento autonómico de una vida de la que carecía“.
Según él, Las Corts se habían convertido en una máquina de aprobar leyes más o menos trascendentes pero de la que había desaparecido casi por completo el debate político: “Es más, ha habido leyes cambiantes y hasta contradictorias, como las de urbanismo, sin que los ciudadanos ni los propios interesados hayan sabido el porqué de esos vaivenes“.
A pesar, por consiguiente, de los discutibles resultados del 22-M, el presidente Camps está eufórico. Cuenta con que el triunfo de Mariano Rajoy en las próximas elecciones generales aliviará todos los problemas del Consell, mitigando la presión sobre la deuda pública de la Generalitat, abriendo nuevos canales de financiación y reconociendo una mayor población que justifique más transferencia de fondos.
Por ello, no cree oportuno dar un golpe de timón a su política de gasto público y solo efectuará unos recortes y retoques mínimos, pese a las peticiones de signo contrario de Vicente Boluda, Juan Roig y otros empresarios significativos de la Comunidad.
Incluso, haciendo una acto de presunta autoridad tampoco parece dispuesto a realizar grandes cambios en su equipo más inmediato, pese a la reiterada aparición de algunos nombres en los sumarios del caso Gürtel, como el vicepresidente Vicente Rambla.
uy otra, sin embargo, parece ser la actitud del presidente nacional del PP ante los acontecimientos políticos que se avecinan. Según sus asesores, un acorralado Rodríguez Zapatero no podrá aguantar hasta el año que viene debido a la presión conjunta de los mercados internacionales, las agencias de calificación de créditos, el FMI, el Eurogrupo, la UE y hasta la mismísima Angela Merkel. O sea, que sí que habrá elecciones generales en otoño.
De cara a ese suceso trascendental, Rajoy quiere convencer a sus eventuales votantes de que con él la recuperación económica está asegurada. Para eso, desea mostrar una límpida ejecutoria en las comunidades autónomas donde gobierna su partido.
De la Murcia de Ramón Luis Valcárcel exhibirá la reducción de su déficit; de la Castilla y León de Juan Vicente Herrera, su excelencia académica; del Madrid de Esperanza Aguirre, la eficacia de su gestión; de la Galicia de Núñez Feijóo, su política equilibrada de cohabitación lingüística; y hasta del nuevo presidente de Baleares, José Ramón Bauzá, la regeneración del PP que había sumido en la corrupción Jaume Matas.
Pero, ¿de qué realización podrá presumir en la Comunidad Valenciana?
Aquí, me sabe mal recordarlo, entre otras cosas tenemos la segunda deuda pública más elevada de España, la mayor cantidad de impagos de las Administraciones públicas y el peor nivel de la enseñanza secundaria. No será, pues, Mariano Rajoy, a las puertas de La Moncloa, quien arriesgue sus posibilidades avalando la más que discutible gestión autonómica de Francisco Camps.
Para más inri, con el mordaz Pérez Rubalcaba como rival electoral, Rajoy no puede permitirle que un día sí y otro también utilice el caso Gürtel contra la credibilidad regeneradora del PP. Por eso, aunque él todavía no lo sepa, Paco Camps es un presidente cuya fecha de caducidad está bastante próxima.
http://www.articuloz.com/politica-articulos/lo-que-le-espera-a-la-comunidad-valenciana-4831396.html
Sobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\\\\\”Terzo Mondo\\\\\\\” y en el periódico \\\\\\\”Noticias del Mundo\\\\\\\” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\\\\\”El Periódico\\\\\\\” de Barcelona, \\\\\\\”El Adelanto\\\\\\\” de Salamanca, y la edición de \\\\\\\”ABC\\\\\\\” en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\\\\\”Álvaro Cunqueiro\\\\\\\” (2004), el de Novela Corta \\\\\\\”Ategua\\\\\\\” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\\\\\”Convivir\\\\\\\” (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\\\\\”España y otras impertinencias\\\\\\\” (2009), y otra de relatos cortos, \\\\\\\”Nada es lo que parece\\\\\\\” (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\\\\\”El ejecutivo\\\\\\\” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\\\\\”Ir contra corriente\\\\\\\” (2007), \\\\\\\”Valencia, entre el cielo y el infierno\\\\\\\” (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\\\\\”Personajes de toda la vida\\\\\\\” (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\\\\\”Red mundial de escritores en español\\\\\\\”
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Presidentes Y Ex Presidentes
Autor: Enrique Arias Vega
Los ex presidentes europeos se aplican ávidamente a ganar dinero, como el alemán Gerhard Schröder, al servicio de la multinacional rusa Gazprom, o Tony Blair, quien aprovecha su lucrativo libro de memorias para poner a caldo a su sucesor y correligionario Gordon Brown.
En el mejor de los casos, estos jubilados de postín se dedican a un discreto y placentero retiro, como Helmut Köhl o Jacques Chirac, y en peor, como sucede con José María Aznar, a crear problemas políticos a compatriotas suyos: no sólo a Rodríguez Zapatero, rival ideológico al fin y al cabo, sino también a su propio ungido y discípulo, Mariano Rajoy.
A diferencia de los norteamericanos, casi ningún ex presidente europeo consagra su tiempo a altruistas misiones al servicio de su país y, si cabe, de la humanidad entera. Ahí tenemos, si no, a Jimmy Carter, rescatando a un compatriota preso en Corea del Norte tras haber realizado docenas de acciones más o menos discutibles.
Lo mismo podría decirse de Bill Clinton, enviado especial de la ONU para coordinar la ayuda internacional a Haití, como lo fue hace cinco años a los países asiáticos asolados por el tsunami.
Por ese acusado sentido de la solidaridad y de la corresponsabilidad, no es extraño que al anunciar la retirada norteamericana de Irak Barak Obama haya ponderado públicamente los esfuerzos y el patriotismo de George Bush en esa guerra.
Y es que, al margen de lo que cada uno piense, todos ellos creen que reman en el mismo barco y que lo importante es que éste vaya siempre hacia delante.
Eso es justo, justo, lo contrario de lo que ocurre aquí.
http://www.articuloz.com/politica-articulos/presidentes-y-ex-presidentes-3202034.html
Sobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\\\\\”Terzo Mondo\\\\\\\” y en el periódico \\\\\\\”Noticias del Mundo\\\\\\\” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\\\\\”El Periódico\\\\\\\” de Barcelona, \\\\\\\”El Adelanto\\\\\\\” de Salamanca, y la edición de \\\\\\\”ABC\\\\\\\” en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\\\\\”Álvaro Cunqueiro\\\\\\\” (2004), el de Novela Corta \\\\\\\”Ategua\\\\\\\” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\\\\\”Convivir\\\\\\\” (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\\\\\”España y otras impertinencias\\\\\\\” (2009), y otra de relatos cortos, \\\\\\\”Nada es lo que parece\\\\\\\” (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\\\\\”El ejecutivo\\\\\\\” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\\\\\”Ir contra corriente\\\\\\\” (2007), \\\\\\\”Valencia, entre el cielo y el infierno\\\\\\\” (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\\\\\”Personajes de toda la vida\\\\\\\” (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\\\\\”Red mundial de escritores en español\\\\\\\”
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Despertarse Sin Saber Dónde
Autor: Enrique Arias Vega
Ignoro exactamente qué hago aquí. Por qué estoy en este tren que no sé adónde me ha de llevar.
Ha sido un impulso, quizás infantil. Como una evocación imperiosa de mi infancia perdida. Un presentimiento probablemente inútil de que algo podría suceder que me permitiese recuperar lo que nunca tuve. Por eso veo desfilar por la ventanilla, velocísimos, a los postes del tendido eléctrico. Me hacen guiños como de esperanza. Sé que es una ilusión óptica, pero me aferro a ella con determinación, con convicción, incluso, de que todavía puede ocurrir cualquier cosa que cambie mi vida.
Hace sólo dos días no podía ni imaginar nada de esto. Lo inició aquella mujer que me esperaba en el rellano de la escalera y que me abordó cuando yo iba a entrar en mi apartamento:
—¿Ana? —me preguntó, con un punto de vacilación— ¿Ana Miranda?
Asentí, con cierta prevención. ¿Conocía de algo a aquella mujer? ¿Pretendería venderme alguna cosa?
—Quiero hablarle de su padre —dijo, de golpe.
Repentinamente, se me encogió el estómago.
La dejé entrar conmigo en casa. Allí, realmente no me habló de mi padre, sino de su marido:
—Mi esposo se está muriendo —hizo una pausa—. Cáncer.
Era una mujer tranquila, aún guapa a pesar de sus ¿sesenta años? Parecía resignada ante lo inevitable, ante cualquier cosa que le tuviese reservada la vida:
—Juan, mi esposo, no hace más que hablarme últimamente del padre de usted. Dice que él es el culpable de su desaparición y que quiere contarle a usted todo.
Prosiguió, como el mensajero que tiene bien aprendido su papel y que no quiere que se le olvide lo más importante en medio de la exposición:
—Encuentra a su hija, me dijo, para que yo hable con ella y pueda morir en paz. No lo conseguiré si no cuento a la hija de Manolo Miranda todo lo que yo sé, lo que pasó aquella noche.
—¿Qué noche? ¿La que desapareció? ¿Qué pasó? —inquirí, con la respiración alterada y empleando una vehemencia que no preveía cuando la mujer comenzó su relato.
—Eso debe explicárselo Juan.
Fui con ella a un pabellón deprimente del Hospital Gómez Ulla. Los hay mejores, pero aquél, por el ambiente claustrofóbico, por la anticipada presencia letárgica de la muerte, me sobrecogió.
El marido de la mujer abrió los ojos al oírnos entrar y formuló una pregunta a su esposa con la mirada:
—Sí, es ella —dijo la mujer.
Sin esperar siquiera a que tomásemos asiento, comenzó a hablar. Con dificultad, pero con pasión. Sin detenerse, pese al jadeo creciente que acompañaba a su explicación:
—Nunca me perdonaré lo que pasó aquel día. Toño Muñoz, que en paz descanse, y yo fuimos los culpables. Quisimos gastarle una broma a tu padre y jamás previmos lo que podía pasar.
Tosió un poco. Esperé a que continuase.
—Él siempre nos decía que le gustaría tomar un tren del que ignorase su destino, dormirse nada más subir a él y despertarse horas después en un sitio lejano, ignoto, que no supiese cuál era. Nos lo contaba siempre. Estaba pesadísimo con esa historia o lo que fuese. Un día y otro día.
Ignoraba eso de mi padre. En realidad nunca supe nada de mi padre salvo que desapareció misteriosamente. De súbito.
La mujer del moribundo izó un poco su espalda y ahuecó la almohada, a fin de que estuviese más cómodo. Juan —no sabía su apellido— continuó la rememoración de lo ocurrido hacía treinta años:
—Una noche en que salimos de copas los tres, Toño y yo decidimos gastarle una broma a tu padre, a ver si así se le quitaban las ganas de contarnos siempre la misma batallita. Tú debías tener un año entonces —tenía dos, en realidad— y estabas con tu madre en casa.
Parece mentira, pero recordaba perfectamente aquella época: la ausencia de mi padre al día siguiente y la angustia de los días posteriores. Seguramente no me acordaba directamente de todo ello; es imposible con la edad que tenía cuando ocurrieron aquellos hechos. Debían tratarse de recuerdos recreados, de reconstrucción de las emociones vividas a raíz de las explicaciones de mi madre; pero lo cierto es que lo recordaba todo perfectamente. Juan continuaba hablando:
—Lo emborrachamos. Y no veas de qué manera. Cuando ya estaba inconsciente lo metimos en un expreso con destino a Sevilla. ¿No quería despertarse en un tren sin saber dónde estaba? Pues eso —hizo un rictus de amargura—. Por fin iba a conseguirlo.
Mi padre nunca volvió. Desapareció completamente. Sin dejar rastro. Mi madre, con una angustia infinita, acudió a la policía. No podía aportar ningún dato que sirviese a los investigadores para averiguar el paradero de mi padre. Todo fue inútil. Pasaron los años y no volvimos a saber nada de él. Las autoridades cerraron el caso.
—¿Por qué no nos dijisteis nada a nosotros?, ¿o a la policía? —le espeté, con indisimulado rencor.
—No nos enteramos de su desaparición hasta varios días después. Entonces nos entró miedo. Luego, Toño me convenció de que si tu padre había desaparecido es porque así lo había querido, que habría aprovechado la oportunidad para largarse de casa, para abandonar deliberadamente a su mujer y a su hija.
Me miró con tristeza. Con remordimiento. Sendas lágrimas humedecieron sus pupilas.
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No podía perdonar a aquel hombre que hace unos minutos ni siquiera conocía. No podía decirle “gracias por su confesión, qué peso me quita usted de encima, me alegro de saber por fin lo que pasó hace treinta años”. No, no podía hacerlo.
Lo odiaba.
Sólo se me ocurrió decir:
—O sea, que el tren iba con destino a Sevilla…
Y me fui sin despedirme del moribundo. Sin darle mi bendición, mi perdón, mi compasión o lo que fuera que él pretendiese exactamente de mí.
Eso había sucedido hace dos días. Ayer, siguiendo un impulso imprevisible, pedí permiso en la oficina y saqué un billete en el AVE para el trayecto Madrid-Sevilla. Pensé que era lo que hubiese deseado mi madre, de estar aún viva. Tantos años de angustia, tanta tristeza acumulada que la había llevado a la tumba, lo merecían.
Aquí estoy. En este tren que tampoco sé yo adónde me ha de llevar. Viendo pasar meteóricamente a mi lado los postes de la catenaria. Hace treinta años mi padre no pudo verlos. Era de noche y él estaba sin sentido, intoxicado por el alcohol. ¿Qué habría pensado cuando se hubo despertado? ¿Por qué no quiso volver? ¿Sería verdad que, en el fondo de su inconsciente, deseaba perdernos de vista a mí y a mi madre? ¿Le habría dado tanta vergüenza lo ocurrido como para no atreverse a regresar a casa?
Son absurdos estos pensamientos. También el que esté yo aquí. ¿Qué espero encontrar en este viaje sin sentido? Han pasado treinta años. Entonces no existía el AVE y los trenes a vapor tardaban muchísimo más en este recorrido. Había infinidad de paradas y papá —¿hace cuántos años que no pronuncio esta palabra, “papá”?— podría haberse bajado en cualquiera de ellas. Podría, incluso, haber muerto.
No son pensamientos particularmente estimulantes. Pero no tengo otros. Tampoco me queda esperanza. Sólo la obstinada determinación de tomar este tren. La mía ha sido una decisión impulsiva, irreflexiva, más propia de la desesperación que de la lógica.
He leído un periódico y he tomado un café. He mirado por la ventanilla y, sobre todo, he pensado en lo ocurrido en estos últimos días y en qué pudo suceder en la noche en que desapareció mi padre. Queda poco tiempo hasta la primera parada: Ciudad Real. ¿Paró en Ciudad Real aquel fatídico tren que me arrebató a mi padre hace treinta años? Papá. Recuerdo la última vez que le llame así: “papá”. Para no llorar me levanto del asiento y paseo un poco. Así aireo la congoja, me digo a mí misma mientras esbozo un remedo de sonrisa.
El tren aminora la marcha. Ciudad Real. Ya estamos en Ciudad Real. No conozco esta localidad. Jamás he estado en ella. Cuando estudiaba en el colegio, jugaba con otra amiga a citar ciudades que no existían, que seguro que eran un invento de los profesores para hacernos estudiar más, o de los geógrafos, o de las autoridades turísticas del país. Se trataba de localidades inverosímiles, cuya irrealidad venía certificada porque no conocíamos a nadie que las hubiese visitado. En aquella relación de urbes improbables y fantasiosas figuraban Huesca, Soria y, por encima de todas las demás, Ciudad Real. ¿A alguien se le habría ocurrido bautizar con ese nombre a una ciudad verdaderamente real, existente, material, corpórea? Seguramente no.
Pues aquí estoy.
Me he bajado del tren con la misma absurda determinación con la que subí a él. Con una obstinación ilógica. Sin saber por qué ni para qué. Afortunadamente, no cargo con equipaje: sólo un bolso y un neceser. Puedo hacer lo que quiera: quedarme en la ciudad o volver al convoy antes de que parta de nuevo; pasear por la estación o visitar la ciudad. Me invade una extraña sensación de libertad, de irrealidad, incluso. Como un sueño. El sueño de mi padre: despertarse en un tren sin saber dónde estás ni por qué has llegado hasta aquí.
No se me había ocurrido nunca, claro, pero debo ser igualita que mi padre: soñadora, inconsciente, insatisfecha… ¿Estaría insatisfecho mi padre con la vida que llevaba, con su trabajo y su familia? Yo sí lo estoy. Sola a los 32 años, con un matrimonio roto y un trabajo de subinspectora de Hacienda tras haberme quemado las pestañas haciendo oposiciones. ¡Menudo chollo de tía!
El tren reemprende su marcha. Ya no hay vuelta atrás. Paseo por la estación como podría haber hecho otra cosa. No hay nada especial que ver, la verdad sea dicha. Miro a uno y otro lado y me decido a entrar en la cantina. Ahora las llaman cafeterías, pero para mí son unas cantinas como las de antes, con el mismo café con leche malo que, eso sí, ahora cobran en euros en vez de en pesetas.
—Un café —le digo al hombre que atiende la barra.
—¿Cómo lo quiere?
—Da igual —contesto, con una desmayada vaguedad que llama la atención del hombre.
—¿Le pongo un poco de leche? —pero la suya no es una pregunta, sino una afirmación que formula mientras ya está preparando el cortado.
El barman es serio y circunspecto. Fornido, me digo, mientras observo sus espaldas. Al volverse, él me mira de hito en hito mientras su rostro empieza a fabricar una amable sonrisa que queda a medio hacer. Interrumpida. Cortada como por un cuchillo. Continúa mirándome intensamente, pero ahora con el ceño fruncido, como si le trajese algún recuerdo que no acaba de atrapar.
Su compañera de barra, una mujer que estaba atendiendo a otro cliente, se ha dado cuenta de la situación y observa inquieta al hombre. Lo mira y me mira a mí. Alternativamente. Su mirada va de uno a otro.
El hombre sigue concentrado en mi contemplación, con la taza de café en la mano. Su expresión empieza a ser dolorosa, por el esfuerzo casi físico de su concentración mental.
Me siento incómoda. Para cortar lo embarazoso de la situación, le pregunto:
—¿Cuánto le debo?
Pero no me contesta. Continúa mirándome con un descaro que en otras circunstancias hubiese sido ofensivo. En esta ocasión, no; sólo resulta patético. La mujer del otro extremo de la barra se acerca a nosotros justo en el instante en que el barman abre la boca:
—¿Marisa?
No ha sido exactamente una pregunta. Ha sonado a medio camino entre la manifestación y la súplica, entre el reconocimiento y la duda, entre la esperanza y el escepticismo.
Yo no me llamo Marisa, claro. Mi nombre es Ana. Marisa se llamaba mi madre. De repente sé qué hago aquí. De repente miro a ese hombre desconocido y me emociono. De repente…
Alguien me abanica con una cartulina en la que figura escrito “menú del día”. Estoy en una silla de la cafetería, donde me atiende la mujer de la barra. El barman, sentado a mi lado, continúa mirándome, pero ahora llora.
—¿Qué… qué ha pasado? —balbuzco, mientras intento incorporarme.
—Nada, hijita, que se ha desmayado —dice la mujer—. Pero ya pasó. Esté tranquila. Relájese.
Me relajo. Pero recuerdo. “Marisa”, ¿”Marisa”?
—¿Me confundió con mi madre? —pregunto al hombre.
—Sí… Supongo… No sé… No recuerdo bien.
Pero recuerda. Empieza a hablar a raudales, como el agua embalsada por un dique cuando se abren las compuertas:
—Hace años, no sé, muchos años, conocí a una Marisa. Vivía con ella —dice, volviéndose hacia la mujer que sigue a su lado y al mío—. Era mi esposa. Ahora lo sé. Fue hace muchos años. Tenía una mujer y una hija. No había vuelto a acordarme de ellas. Pero la vi a usted y recordé. Sí, tenía una familia entonces, antes de lo del tren. Porque no recordaba nada de antes de lo del tren.
Vuelve a llorar. No sé si por lo que había olvidado, por haberlo recordado o por qué. Hay una mezcla de autocompasión y de rabia en su recuerdo, algo difícil de definir.
La mujer deja de mirar a su compañero y fija su mirada en mí:
—¿Y usted quién es?
—Me llamo Ana, Ana Miranda, y estoy en busca de mi padre, que desapareció hace treinta años —digo, con una frialdad y una tranquilidad que a mí misma me dejan pasmada.
—¿Y por qué cree que puede encontrarlo aquí…?
—Porque debo ser yo —la interrumpe el hombre, ya calmado.
—¿Tú?
—¿Recuerdas cuando me encontraron malherido al borde de la vía? Claro, no puedes recordarlo porque tú no estabas allí. Pero lo sabes perfectamente, porque lo hemos hablado muchas veces. Y sabes también que no me acordaba de nada de lo ocurrido antes de que me atendiesen en el hospital y saliese del coma al cabo de dos semanas.
Se calla el hombre, ensimismado en los recuerdos súbitamente recuperados.
—¿Cómo se llama? —le pregunto con suavidad.
—Ricardo. Ricardo Ciudad. Pero antes me llamaba Manuel, Manuel Miranda.
Mi padre.
Rompo a llorar a mi vez. Sin desespero. Mansamente. Pero de forma continua, silenciosa, sin descanso.
Nadie habla, mientras los minutos tratan de reparar el estropicio moral causado por tantas revelaciones. El hombre, mi padre, reanuda su monólogo:
—Ahora me acuerdo que me caí del tren. Estaba tan borracho que no me di cuenta de lo que hacía y me caí del tren. Casi me mato. Estaba indocumentado y, entre el coma etílico y las graves lesiones causadas por la caída, nunca volví a acordarme de nada. Amnesia, ya sabe.
—Soy su hija —le digo, escuetamente—. Tu hija —rectifico, con un poco más de dulzura.
—Supongo. Eres igual que tu madre —contesta, tuteándome por primera vez.
—Pues ya me diréis qué hacemos —tercia la mujer, durante un rato muda a nuestro lado.
—No lo sé —dice mi padre—. No sabía que tenía una vida anterior que se me iba a presentar así, de improviso, haciéndome acordar de todo.
—No es una vida anterior —insinúo—, es tu vida. Y yo soy tu hija.
—¿Y tu madre? ¿Qué es de tu madre?
—Murió.
Me parece vislumbrar una sensación de alivio en mi padre. ¿De verdad es eso? ¿Experimentaba algún resquemor profundo respecto a mi madre antes de su desaparición?
—Lo siento —dice, antes de que pueda seguir con mis especulaciones—. Pero eso simplifica las cosas.
—¿Cómo que las simplifica? ¿Es que no la querías?
—Claro que sí. La quería mucho, muchísimo. Pero hace más de treinta años que ya no era mi esposa. Ésta es mi esposa —dice, señalando a la mujer que, pálida, sigue a nuestro lado sin perder ni una sílaba de la conversación.
Coge su mano y la acaricia con afecto:
—Paula, realmente, fue quien me volvió a la vida. No sé qué hubiese hecho sin ella. Ella es mi mujer. Y ellos —dice, rebuscando una cartera en el bolsillo de su camisa y mostrándome las fotos que contiene— son mi familia.
La foto pequeña es de Paula. En la otra hay seis personas: Paula, mi padre, y cuatro muchachos jóvenes, tres chicos y una chica.
—Mis hermanos… —digo, levantando la vista de las fotos.
—No. Nuestros hijos. Los hijos de Paula y míos. Nuestra familia, la familia Ciudad Álvarez. Manuel Miranda ya no existe. Supongo que estará legalmente muerto. Murió hace treinta años.
—Pero…
—Me he emocionado mucho al verte… ¿Ana? Ana, sí. Digo que me ha emocionado nuestro reencuentro, el recuperar de pronto mi pasado, el recordar por un instante que tuve otra vida. Pero he sabido también en seguida que esa vida murió con quien era yo hace treinta años. Ahora tengo una vida distinta, nueva, que no quiero perder por nada del mundo. Lo siento…
También yo lo siento. Por un momento había querido experimentar amor y gratitud por este desconocido. Gratitud, sí, porque no nos abandonó a mi madre y a mí, porque sólo se trató de un accidente. Pero este extraño que apenas se parece a mi padre, al padre que yo recuerdo, tiene otro mundo, otras obligaciones que atender.
—Me alegro de que estés vivo y de que no nos abandonaras entonces —le digo.
—Yo también me alegro de haberte conocido, Ana. Ven a vernos cuando quieras a Paula, a los chicos y a mí. La familia Ciudad Álvarez te recibirá con todo el afecto, pero nunca hablará de ese tal Manuel Miranda.
Perfilo una media sonrisa que obliga a mi padre a preguntarme:
—¿Qué piensas?
—Que es muy sorprendente eso de subir a un tren ignorando su destino y despertarse luego sin saber dónde estás. Nos ha pasado tanto a ti como a mí.
Me levanto, doy un beso a aquel hombre. Se lo doy también a su mujer. Y lentamente me voy sin despedirme de ellos.
http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/despertarse-sin-saber-donde-3191547.html
Sobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\\\\\”Terzo Mondo\\\\\\\” y en el periódico \\\\\\\”Noticias del Mundo\\\\\\\” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\\\\\”El Periódico\\\\\\\” de Barcelona, \\\\\\\”El Adelanto\\\\\\\” de Salamanca, y la edición de \\\\\\\”ABC\\\\\\\” en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\\\\\”Álvaro Cunqueiro\\\\\\\” (2004), el de Novela Corta \\\\\\\”Ategua\\\\\\\” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\\\\\”Convivir\\\\\\\” (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\\\\\”España y otras impertinencias\\\\\\\” (2009), y otra de relatos cortos, \\\\\\\”Nada es lo que parece\\\\\\\” (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\\\\\”El ejecutivo\\\\\\\” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\\\\\”Ir contra corriente\\\\\\\” (2007), \\\\\\\”Valencia, entre el cielo y el infierno\\\\\\\” (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\\\\\”Personajes de toda la vida\\\\\\\” (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\\\\\”Red mundial de escritores en español\\\\\\\”
Categories: españa Tags: AVE, borrachera, cantina, Ciudad Real, cuento, desaparecidos, despertarse, estación, familia, misterio, relato, tren, viaje
Manual Para Ligar
por: Enrique Arias Vega
En su ignorancia, uno creía que ligar, hoy en día, estaba chupado y que las parejas con mirarse ya tenían suficiente, sin necesidad de perder el tiempo en protocolarios y retorcidos galanteos y cortejos, como en la remota época de mi juventud.
¡Vaya!, pues parece que no es así.
Lo digo porque me acabo de tropezar en un directorio informático donde suelo publicar mis artículos con uno, de autor anónimo, que lleva por título Técnicas para ligar chicas. Lo he leído al observar que había recibido ¡21.000 visitas! Mi primera reacción, lo confieso, ha sido de insana envidia, no por lo que ustedes maliciosamente piensan, sino porque si algún texto mío llega a los 200 lectores ya puedo darme con un canto entre los dientes. Quiero dejar esto bien claro puesto que, a mi edad y estando felizmente casado, uno no busca por ahí emociones más fuertes que las del Mundial de baloncesto. Por ejemplo.
El autor del susodicho manual para ligar ofrece cuatro consejos a los varones que, por si a alguien le interesan, transcribo a continuación. El primero es que “no le hagas cumplidos” a la chica, por muy buena que esté. O sea, que hay que ir de duro con ella para no convertirse a sus ojos en “uno más de la manada”. Tal cual.
El segundo consejo —”técnica”, lo denomina el articulista—es mostrarse a la vez “arrogante y divertido”, dando una confusa explicación sobre cómo se pueden combinar actitudes tan dispares. A continuación, añade que hay provocar una “tensión sexual” desde el primer momento, no vaya a pensarse la otra que uno va simplemente de amigo y acabemos sin comernos un rosco. La última recomendación es la de practicar el contacto físico. Por ejemplo: “Toca sus codos de forma confiada” o “empújala sutilmente de la espalda”. Ya ven qué cosas.
Después de leer estos consejos no me extraña que el autor del texto no se atreva a dar la cara. Lo que sí me deja intrigado, en cambio, es que 21.000 personas hayan acudido a él en busca de ayuda para poder ligar. Debe ser que hoy día la gente sigue tan desesperada como antaño para relacionarse sin problemas.
Sobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\\\\\”Terzo Mondo\\\\\\\” y en el periódico \\\\\\\”Noticias del Mundo\\\\\\\” de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\\\\\”El Periódico\\\\\\\” de Barcelona, \\\\\\\”El Adelanto\\\\\\\” de Salamanca, y la edición de \\\\\\\”ABC\\\\\\\” en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\\\\\”Álvaro Cunqueiro\\\\\\\” (2004), el de Novela Corta \\\\\\\”Ategua\\\\\\\” (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\\\\\”Convivir\\\\\\\” (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\\\\\”España y otras impertinencias\\\\\\\” (2009), y otra de relatos cortos, \\\\\\\”Nada es lo que parece\\\\\\\” (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\\\\\”El ejecutivo\\\\\\\” (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\\\\\”Ir contra corriente\\\\\\\” (2007), \\\\\\\”Valencia, entre el cielo y el infierno\\\\\\\” (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\\\\\”Personajes de toda la vida\\\\\\\” (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\\\\\”Red mundial de escritores en español\\\\\\\”
(Articuloz SC #3184655)
Fuente – http://www.articuloz.com/sociedad-articulos/manual-para-ligar-3184655.html